jueves, 28 de noviembre de 2019

En este infierno hasta las agujas del reloj son crueles (13/10/2019)

Cruzando el alambrado. Penetrando en aquel gélido edificio. Allí donde el mundo se termina y el mismísimo infierno escinde el mundo, acobijando a quienes cruzan aquella oscura frontera, aquella que los aleja de la sociedad y de la realidad a la cual parecen no pertenecer. Allí donde la sociedad no mira, excepto cuando se alude a las condiciones de vida. Sólo entonces, por un breve lapso de tiempo, los ojos de la opinión pública se vuelcan sobre aquel oscuro lugar, destapando la olla de prejuicios y odio, como si allí no alcanzara con el frío que quiebra los huesos, la humedad y el hambre que marcan el cuerpo... como si con ello no bastara, para que la sociedad levante su dedo acusador, solicitando más “severidad” (entiéndase: oscuridad).
La humedad asciende por las paredes, dejando a su paso la marca y el hedor. Mientras tanto, se filtra levemente la luz del sol, bañando algún rincón, que parece asomarse para sentir su calidez.
Las horas transcurren lentamente, excepto en las visitas. Se tiñen con música los minutos y cada tanto, el paso firme de las botas y la voz en alto, traen nuevamente la realidad a aquel derruido lugar. El poder no sólo marca las horas a través de listas, también marca los cuerpos, los destinos, las historias. A su paso la requisa arrasa con todo. Libros, fotos, colchones, cuanto objeto se cruce en el camino es removido cual escombro. Luego, a ordenar. Cada quien a lo suyo. A dejar todo como estaba antes del huracán azul.
Al pasar, un perro pidiendo cariño. Ese mismo que, junto a otros tantos, pertenecen a aquel lugar. Llevando consigo las marcas de su existencia allí. Llevando un poco de compañía a ese sitio que el mundo parece haber abandonado, negando rotundamente la existencia de vida en el mismo.
Las cucarachas y las ratas compiten en carreras, saliendo de los colchones remendados y aplastados. Invadiendo los espacios que habitan aquellos cuerpos. La comida, las mantas, los baños. Todo. Hasta que pasan desapercibidas, no por disminuir en cantidad, sino porque ya son parte que aquel lúgubre paisaje. El mismo en el que nadie desearía despertar.
Atrás quedaron las noches viendo las estrellas, los paseos, las corridas al kiosco. Atrás quedó la libertad. Esperando tras los muros. Allí, con el anhelo de volver a casa, de ver el atardecer, de caminar por la calle. Esa libertad que se aleja con cada paso que nos adentra en aquel abandonado lugar.
Cada día es una nueva batalla, aunque la rutina ordena los pasos. El estudio para algunos, la decisión de construir en aquellos fatídicos días las bases de lo que será un futuro prometedor lejos de allí. Muchas veces, una odisea que siembra incertidumbre y sinsabores. Allí, donde los derechos son garantías, y se transforman en privilegios. Allí, donde unos pocos tienen las llaves, y erigen sus dedos acusadores entre palabras humillantes y actos denigrantes. Allí, donde la violencia marca historias. Donde los encargados de impartir justicia no se acercan o, si lo hacen, fugazmente. Allí donde nadie llega a ver con sus ojos la realidad que parte el alma, que quiebra el espíritu y pisotea las esperanzas. Allí, donde nadie quisiera despertar.
Los traslados, moneda corriente. En la noche o en el día, incluso en la madrugada. Si el calor azota el aire o si el frío hiela las manos arrastrando el mono. Olvidando a su paso algunos efectos. Implantando la duda y el temor en las familias. Recortando más derechos. Privando de estudios. Promoviendo prácticas de poder cimentadas en argumentos inicuos. Transformando a los sujetos en objetos que han de ser “reacomodados” según el capricho de alguien que se escuda bajo la promesa de “reinserción”, reproduciendo prácticas de autoritarismo.
Adentro y afuera. La calle, tan preciada y lejana, vira sus ojos a un costado, incluso cuando las familias alzan sus voces reclamando dignidad para quienes cumplen allí su condena. La misma sociedad que se empecina en reproducir discursos autómatas, carentes no sólo de sentido sino también de realidad. Empapados de odio. Un odio que trasciende las heladas paredes, para instalar las voces de la opinión sin fundamentos ni empatía. Esa que solo busca el castigo severo. Que sólo ve números y crímenes. Que niega la condición humana de aquellos seres y con esto, los derechos que deben ser reconocidos.
El espacio se comparte. La comida, también. La encomienda es para todos. La olla es grande, aunque se llene con poco. El esfuerzo de afuera se valora adentro. Donde el pan no llega, y la comida, no abunda. El plato es escaso, poco higiénico y de ingredientes dudosos. No alcanza para acallar el hambre ni mucho menos, garantizar la salud.
El ambiente es hostil para los derechos, más aún para los cuerpos. Sanidad es solo un concepto, que allí dentro no ha de existir. La celda, repleta. Camas, colchones en el suelo. El lugar que deja uno, enseguida se aprovecha. El aire se envicia rápidamente. El humo del cigarrillo enmascara la humedad y la tristeza.
Las agujas del reloj avanzan lentamente. A veces, cuando el teléfono se queda sin tono, parecen detenerse. La calle queda totalmente ajena. Las voces de la familia retumban en la cabeza como recuerdos. Las lágrimas empapan las horas. Hasta el día de la visita. Ese día para el que se prepara el bolso con antelación y donde, al ingresar al salón, el tiempo comienza a volar. Entre abrazos y besos, mates y galletitas, incluso el almuerzo. Las horas más fugaces. Luego, el silencio. El frío y la oscuridad de la celda. Pero el corazón contento...hasta la próxima visita.


P/D: La postal del encierro. Los derechos en la entrada, batallando con las rejas y los candados, luchando por irrumpir en aquel nefasto lugar. Los sujetos, cuerpos marcados, que se transforman en el número de una ficha, en una pila de fojas que resuelven una condena. Devorando el alma. Destruyendo la esperanza. Allí donde la sociedad no mira, sólo acusa entre justificaciones empapadas de odio. Allí donde las promesas se acumulan. Allí, donde la enfermedad y la muerte recorren los pasillos dejando un halo de oscuridad. Allí, donde se niega toda existencia de humanidad...

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