Mientras en las noticias sólo se habla del debate presidencial, la sociedad especula con el que será el próximo presidente, hay un recóndito lugar en el que nadie pone el ojo, que está en llamas. Ardiendo. Pudriéndose desde adentro. Gestando en su seno el estallido que tantos funcionarios, medios de comunicaciones y fuerzas de seguridad han logrado con éxito ocultar.
Bajo el cinismo de un sistema que pretende “vigilar y tratar”, pero que sólo se ocupa de “castigar”, allí están los, las y les olvidades. Aquelles que han perdido su condición de “humanos” por el dedo punitivo de la ley. Y que se encuentran presos (valga la redundancia), víctimas de un sistema de la crueldad y la desidia.
Aquí afuera el mundo parece un caos, y lo es… pero allí adentro el caos contenido entre cuatro paredes es una masacre. Y no estalla. Y no sale a la calle. No puede salir. No puede cruzar aquellos impenetrables muros y alambrados.
Cuando alguna vaga, breve y poco precisa noticia trasciende las fronteras, enseguida es contenida. La complicidad da asco. No sólo por los que hacen y ejercen el poder dentro del sistema, sino por aquellos que ocupan puestos que podrían realmente marcar la diferencia dentro de este mundo infernal. Pero nadie lo ve, o no quiere verlo. Porque este sistema de crueldad, sólo ve delincuentes (“negros de mierda”). Se empecina en seguir moviendo una maquinaria de autoritarismo que marca los cuerpos y los destinos; pero sobre todo, que cuenta con la complicidad del discurso del odio, que ampara el abandono y los castigos severos.
Mientras la sociedad se rasga las vestiduras por el infierno que se está desatando en otros países hermanos, y no está mal hacerlo, se olvidan (o no quieren) mirar el infierno que tenemos aquí, frente a nuestros ojos. Ese mismo que “se come” a quienes ingresan en él, que a diario cobra vidas, que denigra y humilla, que condena al peor de los olvidos: la negación. Y es ese, que llamamos Servicio Penitenciario.
Cuando la sociedad duerme, un sábado o un domingo, las filas en las puertas de los penales le hacen frente al frío, al calor, a la escasez y al abuso de poder. Por unas breves horas, que pasan volando al cruzar las puertas. A esas personas, que le ponen el cuerpo a los viajes de madrugada, al peso de la mercadería, a la invasión de la requisa...con la esperanza de traer un poquito de hogar a ese oscuro lugar. A esos que la sociedad señala, como si no fuera suficiente el dedo acusador sobre los internos, sino también sobre sus familias, estigmatizando las vidas.
Y es que no es sólo el Estado el que alimenta ese monstruo. Son todos. Somos todos...
Y es que no es sólo el Estado el que alimenta ese monstruo. Son todos. Somos todos...

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